El que dice que tiene todas las respuestas miente, porque para eso hay que viajar hasta los infiernos del existir y subir hasta los cielos de aquello en lo que no podemos dejar de creer y una sola vida..., una sola vida no llega para hacer tal cosa. Más falta nos haría nacer y morir en un solo instante para tocar la tierra árida del hombre y la nube blanca de Dios a un tiempo o quizás..., sí quizás también podríamos probar a sobrevivir más de dos vidas o más de tres: tantas, muchas, las suficientes; hasta que la piel se encaje a la carne de la carne de la que venimos y al espíritu del espíritu del que estamos hechos.
El que dice que el alimento de los huesos es solo el roce de una mano miente, porque lo que cargamos dentro de nuestras mochilas de esqueleto también debe beber y comer y afianzarse y expandirse como la leche que se mezcla con el café de las mañanas.
Me gustaría pensar que estas cosas pueden hacerse en cualquier rinconcito del mundo, más como somos únicos y distintos en nuestra individualidad, hay quien como yo solo es capaz de sacar las raíces en un lugar, en una tierra en la que el verde se expande hacia cada hombre que lo toca. Siento tener que confesar que mi piel se derrumba desde tan lejos de ese verde, que me siento como una plantita a la que han sacado de su tiesto para que florezca lejos del sol que conoce y de la lluvia que la hace tiritar.
Pero si me riegas tú, si me abrazas tú...
El que dice que todo es posible.... Dios quiera que tenga razón.

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